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martes, 13 de octubre de 2026

 

DE COLOSOS, CABALLEROS Y BIENESTAR: UN ERASMUS PARA CREAR AULAS FELICES

Este año el curso Erasmus elegido, “Becoming a Well-being Ambassador to Create Happy Classrooms and Schools”, nos ha llevado hasta Rodas, una isla que, como pocas, parece hecha para hablar de grandes desafíos. En la antigüedad, frente a sus costas se levantaba el famoso Coloso de Rodas, una de las siete maravillas del mundo antiguo, símbolo de fuerza, protección y grandeza. Siglos después, la ciudad se convertiría también en uno de los grandes bastiones de los Caballeros de San Juan, que hicieron de su fortaleza un lugar de defensa y protección.

                                    

Y quizá no sea tan difícil encontrar un pequeño vínculo entre aquella idea de proteger y la que ha guiado nuestro curso: ¿cómo podemos proteger y cuidar el bienestar de quienes forman parte de una comunidad educativa? No se trataba esta vez de enfrentarnos a un Minotauro ni de buscar la salida de un laberinto digital, sino de descubrir cómo construir espacios educativos en los que alumnos y profesores puedan sentirse más seguros, escuchados, motivados y, en definitiva, un poco más felices.

El curso, impartido por el profesor e investigador en psicología, Nikos Cristodoulakis, ha resultado muy provechoso, aunque desde el principio hemos podido comprobar que buena parte de sus propuestas estaban pensadas fundamentalmente para contextos de educación infantil, primaria o secundaria, y no específicamente para la educación de adultos. Sin embargo, precisamente ese contraste nos ha obligado a mirar nuestra propia realidad con otros ojos y a preguntarnos qué podemos trasladar a una Escuela Oficial de Idiomas, donde las características del alumnado son muy diferentes. Porque el bienestar en las EOI está adquiriendo cada vez mayor importancia. Nuestro alumnado llega muchas veces a clase después de una jornada laboral o de estudios, compagina las clases con responsabilidades familiares y personales y, además, tiene que enfrentarse a los retos propios del aprendizaje de una lengua: hablar delante de los demás, cometer errores, someterse a evaluaciones y, en algunos casos, preparar pruebas de certificación que generan una considerable presión.

A todo ello se añade una realidad que estamos observando cada vez con mayor claridad: el aumento del alumnado adolescente en nuestras escuelas. La EOI ya no es un espacio exclusivamente ocupado por adultos y, con la incorporación creciente de alumnos más jóvenes, algunas de las cuestiones relacionadas con el bienestar, la salud emocional, la convivencia, la pertenencia al grupo o la necesidad de sentirse escuchado adquieren todavía mayor relevancia. Muchas de las reflexiones planteadas durante el curso, aunque originalmente estuvieran pensadas para otros contextos educativos, cobran así un sentido especial en nuestras escuelas. Trabajar el bienestar no significa únicamente prevenir o intervenir ante situaciones problemáticas, sino también crear desde el aula y desde el centro unas condiciones que favorezcan la seguridad, la confianza, la motivación y unas relaciones positivas entre todos los miembros de la comunidad educativa.

En nuestras escuelas se están dando también pasos concretos en esta dirección, como la creación de la figura del coordinador o coordinadora de bienestar, la puesta en marcha de canales que permitan comunicar o señalar situaciones que preocupan a los miembros de la comunidad educativa, como los buzones de sugerencias o de comunicación, y una creciente atención a la convivencia, la seguridad emocional y la participación del alumnado. El curso nos ha permitido precisamente reflexionar sobre cómo seguir avanzando en este camino.

Bienestar, felicidad y salud mental

La primera parte del curso estuvo dedicada a intentar definir conceptos que, aunque utilizamos constantemente, no siempre nos paramos a analizar: bienestar y felicidad. Una de las primeras ideas que nos llevamos fue precisamente que recordar qué significa para nosotros estar bien puede ayudarnos a reconocerlo y, de alguna manera, a volver a encontrarlo cuando lo perdemos. Una actividad sencilla nos invitó a escribir nuestros tres momentos más felices y, después, compartirlos en pequeños grupos de tres personas. Además de buscar qué tenían en común aquellas experiencias, el ejercicio permitió descubrir aspectos personales de los compañeros que normalmente no aparecen en una clase y empezar a crear vínculos. A veces, una conversación breve y bien planteada basta para que el grupo deje de ser una suma de personas y empiece a sentirse como una comunidad. A partir de ahí entramos en cuestiones relacionadas con la salud mental, la ansiedad y el estrés. Hablamos de la importancia de no convertir rápidamente determinados comportamientos en diagnósticos y de la necesidad de observar a la persona en su contexto. Una de las actividades más interesantes partía del caso de un alumno, Michael, al que teníamos que intentar diagnosticar. La conclusión era precisamente cuestionar la facilidad con la que podemos etiquetar a un estudiante sin conocer suficientemente sus circunstancias, su entorno y sus emociones. En este sentido, apareció una idea especialmente importante para cualquier docente: antes que interpretar los síntomas, hay que intentar establecer una relación y dar voz a la persona.

También hablamos del conocido efecto Pigmalión, es decir, de cómo las expectativas de un docente pueden influir en los resultados de sus estudiantes. Una cuestión especialmente relevante en el aprendizaje de idiomas, donde la confianza del alumno en sus propias capacidades puede marcar una enorme diferencia.

Aprender a gestionar el estrés

El estrés ocupó buena parte de las sesiones. Descubrimos que no se trata simplemente de una reacción objetiva ante una situación determinada, sino que tiene un componente muy importante de percepción personal: una misma situación puede generar niveles de estrés muy diferentes dependiendo de la persona. Reflexionamos sobre las características de las personas capaces de afrontar mejor las situaciones estresantes y elaboramos una especie de caja de herramientas personal: gestión del tiempo, autorregulación, capacidad para desconectar, concentración, contacto con la naturaleza, relajación, autoconocimiento de nuestros propios límites, motivación, autoestima y estrategias de afrontamiento o coping.

Entre las técnicas prácticas, trabajamos con una tabla para analizar aquello que nos preocupa: en una columna anotábamos el objetivo que no estábamos consiguiendo; en otra, qué estábamos haciendo para alcanzarlo; en una tercera, qué más podríamos intentar; y, por último, reformulábamos el pensamiento inicial de una manera más realista y constructiva. Así, “no he mejorado” podía transformarse en “todavía no lo he conseguido” o “he mejorado un poco”. También practicamos la técnica sensorial 5-4-3-2-1: identificar cinco cosas que vemos, cuatro sensaciones físicas, tres sonidos, dos olores y un sabor. Otra propuesta consistía en dar un nombre al factor que nos estresa, convertirlo en un personaje o dibujarlo siendo vencido, para tomar cierta distancia y abordarlo de forma creativa.

También realizamos actividades destinadas a reconocer nuestras propias emociones, partiendo de una idea aparentemente sencilla pero fundamental: identificar una emoción ayuda a afrontarla, mientras que evitarla suele ser una de las peores estrategias. Y, naturalmente, hubo tiempo para poner algunas de estas técnicas en práctica. Nikos nos guió en una sesión de mindfulness y body scan, en la que aprendimos a prestar atención a nuestro propio cuerpo y a nuestras sensaciones.

 



¿Qué hacemos con el fracaso?

Otro de los temas que trabajamos fue el fracaso. ¿Cómo reaccionamos cuando algo no sale como esperábamos? ¿Lo anticipamos? ¿Intentamos evitarlo? ¿Lo aceptamos? A través de distintas actividades reflexionamos sobre nuestras propias estrategias ante el fracaso y terminamos transformando esas reflexiones en una actividad artística colectiva. El resultado fue incluso una pequeña creación poética y musical en la que aparecía una idea que puede resultar especialmente importante para nuestros estudiantes: el fracaso no es el final del camino.

En una de las dinámicas, primero escribimos individualmente sobre una experiencia de fracaso, cómo la habíamos afrontado y qué podríamos hacer ante una situación parecida en el futuro. Después compartimos esas experiencias en pequeños grupos y creamos algo entre todos a partir de ellas: en nuestro caso, una pequeña composición poética y musical; otros grupos optaron por dibujos o representaciones teatrales. La actividad permitió compartir emociones que a menudo intentamos ocultar y transformarlas en una creación colectiva.

En una EOI, donde el error forma parte inevitable del aprendizaje de una lengua y donde las pruebas de certificación pueden generar una presión considerable, esta reflexión adquiere un significado especial. Aprender un idioma implica equivocarse continuamente. Crear un entorno en el que ese error pueda vivirse como parte natural del aprendizaje es también una forma de cuidar el bienestar.


Del museo a la escuela: cooperación, pertenencia y mediación

Una de las jornadas nos llevó hasta el Museo Arqueológico de Rodas, donde realizamos diferentes dinámicas relacionadas con la pertenencia a un grupo. Una de ellas jugaba precisamente con la distribución de los participantes en grupos aparentemente aleatorios, para hacernos reflexionar sobre lo que significa pertenecer o quedar fuera de una comunidad. Después tuvimos que diseñar, en grupo, una intervención de bienestar para nuestra propia escuela. Nuestro grupo propuso crear una Semana del Bienestar, con actividades de diferentes tipos destinadas a mejorar el ambiente y la participación en el centro. También trabajamos la mediación escolar mediante un role play, una actividad que nos permitió comprobar que la mediación puede entenderse también como una forma de acompañamiento y mentoring. La última jornada volvió a poner sobre la mesa una cuestión esencial: la diferencia entre competición y cooperación. Una actividad aparentemente sencilla, basada en mover de lugar unos azucarillos, nos llevó de una situación inicial de competición a terminar trabajando como un único grupo. También escribimos en un pequeño papel algo positivo sobre otro compañero. Porque a veces el bienestar también empieza por algo tan sencillo como hacer sentir a otra persona que la vemos y valoramos.

También trabajamos la mediación escolar mediante juegos de rol. En uno, los participantes asumían distintos papeles —familiares, docentes con actitudes diferentes y el alumno implicado en una infracción— y primero preparaban por separado su posición antes de reunirse para representar una conversación conjunta. En otro, dos alumnos que habían discutido y dos docentes debían intentar abordar el conflicto. La situación que inventamos incluía una rivalidad sentimental y dio lugar a una escena tan divertida como reveladora. Más allá de la mediación, los roleplays pueden adaptarse al aula de idiomas para practicar conversaciones difíciles, negociar soluciones o explorar diferentes puntos de vista.

                                   



                                                     

¿Y cómo llevar todo esto a una EOI?

Esta fue quizá la parte más interesante desde nuestra perspectiva como docentes de adultos. El curso nos propuso analizar los valores de nuestra propia escuela y pensar en intervenciones concretas relacionadas con el bienestar.

En una EOI encontramos valores muy claros: el plurilingüismo y la interculturalidad, la educación permanente, la superación personal, la diversidad, la comunicación y la motivación voluntaria. Pero cada uno de estos valores puede llevar asociado un reto de bienestar. Aprender una lengua implica exponerse al error y puede generar ansiedad lingüística. Estudiar mientras se trabaja y se tienen responsabilidades familiares puede provocar cansancio y estrés. Las pruebas de certificación pueden generar presión y miedo al fracaso. Y la diversidad de edades y perfiles, que constituye una enorme riqueza, no siempre facilita la creación de vínculos entre los estudiantes. A partir de este análisis surgieron varias propuestas.

Una de ellas fue introducir pequeñas “píldoras de transición” al comienzo de las clases, especialmente en los turnos de tarde: unos minutos de respiración, mindfulness o estiramiento que permitan al alumno dejar atrás, aunque sea momentáneamente, el estrés del trabajo y entrar en el espacio del aula. Otra propuesta consistía en trabajar la vulnerabilidad compartida y la metodología del error, haciendo visible que equivocarse forma parte del aprendizaje. Incluso surgió la idea de crear un “Muro de los errores/Horrores lingüísticos divertidos”, en el que los propios errores puedan convertirse en una experiencia compartida y no en una fuente de vergüenza. También pensamos en actividades destinadas a crear una mayor cohesión entre los estudiantes de diferentes idiomas, aprovechando los momentos anteriores o posteriores a las clases para organizar pequeños encuentros e intercambios culturales. La idea es combatir esa dinámica tan habitual en las EOI de “llego, doy mi clase y me voy”. Finalmente, propusimos pequeños talleres sobre gestión del tiempo y ansiedad ante los exámenes oficiales, especialmente en los periodos de certificación.

Otras dinámicas podrían incorporarse de forma puntual: por ejemplo, reformular pensamientos negativos antes de una prueba, hacer un breve ejercicio sensorial para rebajar la tensión o crear actividades cooperativas en las que cada estudiante tenga un papel necesario para alcanzar el objetivo común. Repartir responsabilidades de forma equilibrada puede reforzar la sensación de pertenencia y ayudar a que quienes se sienten menos seguros participen con mayor confianza.

Muchas ideas y un mismo objetivo

Las últimas actividades del curso nos llevaron a compartir otras propuestas: apoyo peer to peer, colaboración e internacionalización; espacios periódicos en los que los alumnos puedan expresar los problemas que encuentran en la escuela y sentirse escuchados; proyectos para trabajar las emociones mediante cuadernos personales y paneles en los que identificarlas; y diferentes iniciativas destinadas a reforzar la participación activa del alumnado. No todas estas propuestas pueden trasladarse directamente a una escuela de adultos. Y quizá ese sea precisamente uno de los aprendizajes más interesantes del curso. No se trata de copiar actividades, sino de adaptar ideas. De mirar nuestra propia realidad y preguntarnos qué necesita nuestro alumnado.

Nos vamos de Rodas, por tanto, con muchas herramientas, pero sobre todo con una idea: el bienestar no es un complemento del aprendizaje. Forma parte de él. El Coloso ya no vigila la entrada del puerto y los Caballeros hace mucho que abandonaron las murallas de Rodas. Pero quizá nosotros podamos llevarnos de esta isla una pequeña parte de aquella misión de protección: la de intentar que nuestras escuelas sean lugares donde las personas puedan aprender, equivocarse, participar, relacionarse y sentirse seguras. Y si conseguimos que, al menos durante unas horas a la semana, nuestros alumnos entren en clase un poco más tranquilos y salgan un poco más felices, entonces habrá merecido la pena convertirnos, aunque sea modestamente, en well-being ambassadors.

                         

¡Saludos a tod@s desde Rodas!

Giacomo Baratto, Dpto. de Italiano



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