DE COLOSOS, CABALLEROS Y BIENESTAR: UN
ERASMUS PARA CREAR AULAS FELICES
Este año el curso Erasmus elegido, “Becoming
a Well-being Ambassador to Create Happy Classrooms and Schools”, nos ha
llevado hasta Rodas, una isla que, como pocas, parece hecha para hablar de
grandes desafíos. En la antigüedad, frente a sus costas se levantaba el famoso Coloso
de Rodas, una de las siete maravillas del mundo antiguo, símbolo de fuerza,
protección y grandeza. Siglos después, la ciudad se convertiría también en uno
de los grandes bastiones de los Caballeros de San Juan, que hicieron de su
fortaleza un lugar de defensa y protección.
Y quizá no sea tan difícil encontrar un pequeño vínculo entre aquella idea de proteger y la que ha guiado nuestro curso: ¿cómo podemos proteger y cuidar el bienestar de quienes forman parte de una comunidad educativa? No se trataba esta vez de enfrentarnos a un Minotauro ni de buscar la salida de un laberinto digital, sino de descubrir cómo construir espacios educativos en los que alumnos y profesores puedan sentirse más seguros, escuchados, motivados y, en definitiva, un poco más felices.
El curso, impartido por el profesor e
investigador en psicología, Nikos Cristodoulakis, ha
resultado muy provechoso, aunque desde el principio hemos podido
comprobar que buena parte de sus propuestas estaban pensadas fundamentalmente
para contextos de educación infantil, primaria o secundaria, y no
específicamente para la educación de adultos. Sin embargo, precisamente ese
contraste nos ha obligado a mirar nuestra propia realidad con otros ojos y a
preguntarnos qué podemos trasladar a una Escuela Oficial de Idiomas,
donde las características del alumnado son muy diferentes. Porque el bienestar
en las EOI está adquiriendo cada vez mayor importancia. Nuestro alumnado llega
muchas veces a clase después de una jornada laboral o de estudios, compagina
las clases con responsabilidades familiares y personales y, además, tiene que enfrentarse
a los retos propios del aprendizaje de una lengua: hablar delante de los demás,
cometer errores, someterse a evaluaciones y, en algunos casos, preparar pruebas
de certificación que generan una considerable presión.
A todo ello se añade una realidad que
estamos observando cada vez con mayor claridad: el aumento del alumnado
adolescente en nuestras escuelas. La EOI ya no es un espacio exclusivamente
ocupado por adultos y, con la incorporación creciente de alumnos más jóvenes,
algunas de las cuestiones relacionadas con el bienestar, la salud emocional, la
convivencia, la pertenencia al grupo o la necesidad de sentirse escuchado
adquieren todavía mayor relevancia. Muchas de las reflexiones planteadas
durante el curso, aunque originalmente estuvieran pensadas para otros contextos
educativos, cobran así un sentido especial en nuestras escuelas. Trabajar el bienestar no significa
únicamente prevenir o intervenir ante situaciones problemáticas, sino también
crear desde el aula y desde el centro unas condiciones que favorezcan la
seguridad, la confianza, la motivación y unas relaciones positivas entre todos
los miembros de la comunidad educativa.
En nuestras escuelas se están dando también
pasos concretos en esta dirección, como la creación de la figura del coordinador
o coordinadora de bienestar, la puesta en marcha de canales que permitan
comunicar o señalar situaciones que preocupan a los miembros de la comunidad
educativa, como los buzones de sugerencias o de comunicación, y una creciente
atención a la convivencia, la seguridad emocional y la participación del
alumnado. El curso nos ha permitido precisamente reflexionar sobre cómo seguir
avanzando en este camino.
Bienestar, felicidad y salud mental
La primera parte del curso estuvo dedicada a
intentar definir conceptos que, aunque utilizamos constantemente, no siempre
nos paramos a analizar: bienestar y felicidad. Una de las primeras ideas
que nos llevamos fue precisamente que recordar qué significa para nosotros
estar bien puede ayudarnos a reconocerlo y, de alguna manera, a volver a
encontrarlo cuando lo perdemos. Una
actividad sencilla nos invitó a escribir nuestros tres momentos más felices y,
después, compartirlos en pequeños grupos de tres personas. Además de buscar qué
tenían en común aquellas experiencias, el ejercicio permitió descubrir aspectos
personales de los compañeros que normalmente no aparecen en una clase y empezar
a crear vínculos. A veces, una conversación breve y bien planteada basta para
que el grupo deje de ser una suma de personas y empiece a sentirse como una
comunidad. A partir de ahí entramos en cuestiones relacionadas con la salud
mental, la ansiedad y el estrés. Hablamos de la importancia de no convertir
rápidamente determinados comportamientos en diagnósticos y de la necesidad de
observar a la persona en su contexto. Una de las actividades más interesantes
partía del caso de un alumno, Michael, al que teníamos que intentar
diagnosticar. La conclusión era precisamente cuestionar la facilidad con la que
podemos etiquetar a un estudiante sin conocer suficientemente sus
circunstancias, su entorno y sus emociones. En este sentido, apareció una idea
especialmente importante para cualquier docente: antes que interpretar los
síntomas, hay que intentar establecer una relación y dar voz a la persona.
También hablamos del conocido efecto
Pigmalión, es decir, de cómo las expectativas de un docente pueden influir
en los resultados de sus estudiantes. Una cuestión especialmente relevante en
el aprendizaje de idiomas, donde la confianza del alumno en sus propias
capacidades puede marcar una enorme diferencia.
Aprender a gestionar el estrés
El estrés ocupó buena parte de las sesiones.
Descubrimos que no se trata simplemente de una reacción objetiva ante una
situación determinada, sino que tiene un componente muy importante de percepción
personal: una misma situación puede generar niveles de estrés muy
diferentes dependiendo de la persona. Reflexionamos sobre las características
de las personas capaces de afrontar mejor las situaciones estresantes y
elaboramos una especie de caja de herramientas personal: gestión del tiempo,
autorregulación, capacidad para desconectar, concentración, contacto con la
naturaleza, relajación, autoconocimiento de nuestros propios límites,
motivación, autoestima y estrategias de afrontamiento o coping.
Entre las técnicas prácticas,
trabajamos con una tabla para analizar aquello que nos preocupa: en una columna
anotábamos el objetivo que no estábamos consiguiendo; en otra, qué estábamos
haciendo para alcanzarlo; en una tercera, qué más podríamos intentar; y, por
último, reformulábamos el pensamiento inicial de una manera más realista y
constructiva. Así, “no he mejorado” podía transformarse en “todavía no lo he
conseguido” o “he mejorado un poco”. También practicamos la técnica sensorial
5-4-3-2-1: identificar cinco cosas que vemos, cuatro sensaciones físicas, tres
sonidos, dos olores y un sabor. Otra propuesta consistía en dar un nombre al
factor que nos estresa, convertirlo en un personaje o dibujarlo siendo vencido,
para tomar cierta distancia y abordarlo de forma creativa.
También realizamos actividades destinadas a reconocer
nuestras propias emociones, partiendo de una idea aparentemente sencilla
pero fundamental: identificar una emoción ayuda a afrontarla, mientras que
evitarla suele ser una de las peores estrategias. Y, naturalmente, hubo tiempo
para poner algunas de estas técnicas en práctica. Nikos nos guió en una sesión
de mindfulness y body scan, en la que aprendimos a prestar atención a
nuestro propio cuerpo y a nuestras sensaciones.
¿Qué hacemos con el fracaso?
Otro de los temas que trabajamos fue el fracaso.
¿Cómo reaccionamos cuando algo no sale como esperábamos? ¿Lo anticipamos?
¿Intentamos evitarlo? ¿Lo aceptamos? A través de distintas actividades
reflexionamos sobre nuestras propias estrategias ante el fracaso y terminamos
transformando esas reflexiones en una actividad artística colectiva. El
resultado fue incluso una pequeña creación poética y musical en la que aparecía
una idea que puede resultar especialmente importante para nuestros estudiantes:
el fracaso no es el final del camino.
En una de las dinámicas, primero
escribimos individualmente sobre una experiencia de fracaso, cómo la habíamos
afrontado y qué podríamos hacer ante una situación parecida en el futuro.
Después compartimos esas experiencias en pequeños grupos y creamos algo entre
todos a partir de ellas: en nuestro caso, una pequeña composición poética y
musical; otros grupos optaron por dibujos o representaciones teatrales. La
actividad permitió compartir emociones que a menudo intentamos ocultar y
transformarlas en una creación colectiva.
En una EOI, donde el error forma parte
inevitable del aprendizaje de una lengua y donde las pruebas de certificación
pueden generar una presión considerable, esta reflexión adquiere un significado
especial. Aprender un idioma implica equivocarse continuamente. Crear un
entorno en el que ese error pueda vivirse como parte natural del aprendizaje es
también una forma de cuidar el bienestar.
Del museo a la escuela: cooperación, pertenencia y mediación
Una de las jornadas nos llevó hasta el Museo
Arqueológico de Rodas, donde realizamos diferentes dinámicas relacionadas
con la pertenencia a un grupo. Una de ellas jugaba precisamente con la
distribución de los participantes en grupos aparentemente aleatorios, para
hacernos reflexionar sobre lo que significa pertenecer o quedar fuera de una
comunidad. Después tuvimos que diseñar, en grupo, una intervención de bienestar
para nuestra propia escuela. Nuestro grupo propuso crear una Semana del
Bienestar, con actividades de diferentes tipos destinadas a mejorar el
ambiente y la participación en el centro. También trabajamos la mediación
escolar mediante un role play, una actividad que nos permitió
comprobar que la mediación puede entenderse también como una forma de
acompañamiento y mentoring. La última jornada volvió a poner sobre la
mesa una cuestión esencial: la diferencia entre competición y cooperación.
Una actividad aparentemente sencilla, basada en mover de lugar unos
azucarillos, nos llevó de una situación inicial de competición a terminar
trabajando como un único grupo. También escribimos en un pequeño papel algo
positivo sobre otro compañero. Porque a veces el bienestar también empieza por
algo tan sencillo como hacer sentir a otra persona que la vemos y valoramos.
También trabajamos la mediación
escolar mediante juegos de rol. En uno, los participantes asumían distintos
papeles —familiares, docentes con actitudes diferentes y el alumno implicado en
una infracción— y primero preparaban por separado su posición antes de reunirse
para representar una conversación conjunta. En otro, dos alumnos que habían
discutido y dos docentes debían intentar abordar el conflicto. La situación que
inventamos incluía una rivalidad sentimental y dio lugar a una escena tan
divertida como reveladora. Más allá de la mediación, los roleplays pueden
adaptarse al aula de idiomas para practicar conversaciones difíciles, negociar
soluciones o explorar diferentes puntos de vista.
¿Y cómo llevar todo esto a una EOI?
Esta fue quizá la parte más interesante
desde nuestra perspectiva como docentes de adultos. El curso nos propuso
analizar los valores de nuestra propia escuela y pensar en intervenciones
concretas relacionadas con el bienestar.
En una EOI encontramos valores muy claros:
el plurilingüismo y la interculturalidad, la educación permanente, la
superación personal, la diversidad, la comunicación y la motivación voluntaria.
Pero cada uno de estos valores puede llevar asociado un reto de bienestar. Aprender
una lengua implica exponerse al error y puede generar ansiedad lingüística.
Estudiar mientras se trabaja y se tienen responsabilidades familiares puede
provocar cansancio y estrés. Las pruebas de certificación pueden generar
presión y miedo al fracaso. Y la diversidad de edades y perfiles, que
constituye una enorme riqueza, no siempre facilita la creación de vínculos
entre los estudiantes. A partir de este análisis surgieron varias propuestas.
Una de ellas fue introducir pequeñas “píldoras
de transición” al comienzo de las clases, especialmente en los turnos de
tarde: unos minutos de respiración, mindfulness o estiramiento que permitan al
alumno dejar atrás, aunque sea momentáneamente, el estrés del trabajo y entrar
en el espacio del aula. Otra propuesta consistía en trabajar la vulnerabilidad
compartida y la metodología del error, haciendo visible que equivocarse
forma parte del aprendizaje. Incluso surgió la idea de crear un “Muro de los errores/Horrores
lingüísticos divertidos”, en el que los propios errores puedan convertirse en
una experiencia compartida y no en una fuente de vergüenza. También pensamos en
actividades destinadas a crear una mayor cohesión entre los estudiantes de
diferentes idiomas, aprovechando los momentos anteriores o posteriores a
las clases para organizar pequeños encuentros e intercambios culturales. La
idea es combatir esa dinámica tan habitual en las EOI de “llego, doy mi clase y
me voy”. Finalmente, propusimos pequeños talleres sobre gestión del tiempo y
ansiedad ante los exámenes oficiales, especialmente en los periodos de
certificación.
Otras dinámicas podrían
incorporarse de forma puntual: por ejemplo, reformular pensamientos negativos
antes de una prueba, hacer un breve ejercicio sensorial para rebajar la tensión
o crear actividades cooperativas en las que cada estudiante tenga un papel
necesario para alcanzar el objetivo común. Repartir responsabilidades de forma
equilibrada puede reforzar la sensación de pertenencia y ayudar a que quienes
se sienten menos seguros participen con mayor confianza.
Muchas ideas y un mismo objetivo
Las últimas actividades del curso nos
llevaron a compartir otras propuestas: apoyo peer to peer, colaboración
e internacionalización; espacios periódicos en los que los alumnos puedan
expresar los problemas que encuentran en la escuela y sentirse escuchados;
proyectos para trabajar las emociones mediante cuadernos personales y paneles
en los que identificarlas; y diferentes iniciativas destinadas a reforzar la
participación activa del alumnado. No todas estas propuestas pueden trasladarse
directamente a una escuela de adultos. Y quizá ese sea precisamente uno de los
aprendizajes más interesantes del curso. No se trata de copiar actividades,
sino de adaptar ideas. De mirar nuestra propia realidad y preguntarnos qué
necesita nuestro alumnado.
Nos vamos de Rodas, por tanto, con muchas
herramientas, pero sobre todo con una idea: el bienestar no es un
complemento del aprendizaje. Forma parte de él. El Coloso ya no vigila la
entrada del puerto y los Caballeros hace mucho que abandonaron las murallas de
Rodas. Pero quizá nosotros podamos llevarnos de esta isla una pequeña parte de
aquella misión de protección: la de intentar que nuestras escuelas sean lugares
donde las personas puedan aprender, equivocarse, participar, relacionarse y
sentirse seguras. Y si conseguimos que, al menos durante unas horas a la
semana, nuestros alumnos entren en clase un poco más tranquilos y salgan un
poco más felices, entonces habrá merecido la pena convertirnos, aunque sea
modestamente, en well-being ambassadors.

¡Saludos a tod@s desde Rodas!
Giacomo Baratto, Dpto. de Italiano







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